EL CAMINO DE JESÚS

JESUS, CONFIO EN TI

"Ofrezco a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen con la firma: JESÚS, EN TI CONFÍO"  

Totus Tuus

Soy todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi vida. Dame tu Corazón, oh María.

Soy todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo. Amen.

¯¯¯

Salve, Reina del Cielo 
y Señora de los ángeles; 
Salve Raíz, salve Puerta, 
que dio paso a nuestra Luz. 

Alégrate, Virgen Gloriosa, 
entre todas la más bella; 
salve, agraciada Doncella, 
ruega a Cristo por nosotros.

SantoRosario.info

MariaMediadora.com

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,  la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su intercesión el favor que te pido... (pídase).  A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria

¯¯¯

HIMNO A CRISTO

(Cántico de la carta de San Pablo a los Colosenses (1, 3.12-20)

Demos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido,
por cuya Sangre hemos recibido la Redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de Él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por Él y para Él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del Cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la Sangre de su Cruz.

 

 

 
Preside esta edición inaugural de El CAMINO DE JESÚS el gran himno Cristológico con el que comienza la Carta a los Colosenses, en que sobresale la figura gloriosa de Cristo, corazón de la liturgia y centro de toda la vida eclesial. El horizonte del himno incluye a toda la Creación y a la Redención, abarcando a todo ser creado y a toda la historia. En este canto se puede percibir el ambiente de fe y de oración de la antigua comunidad cristiana y el Apóstol Pablo recoge su voz y testimonio, imprimiendo al mismo tiempo al himno su impronta. 
 
Dada la importancia de este himno en la Cristología, es que lo hemos elegido para iniciar esta edición en la que contemplaremos una serie de reflexiones sobre CRISTO EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE SAN PABLO, propuestas ante el Santo Padre Benedicto XVI y los integrantes de la Curia Romana por el  Padre R. Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, durante el Tiempo de Adviento de 2008.
 

¯¯¯

 
Al respecto, en la primera Audiencia General de 2009, celebrada el miércoles 7 de enero en el Aula Pablo VI, el Santo Padre habló sobre EL CULTO ESPIRITUAL QUE LOS CRISTIANOS DEBEN OFRECER A DIOS, según el pensamiento de San Pablo.
 
El Papa dijo que “en el pasado se solía hablar de una tendencia anti-cultual del Apóstol de las Gentes, de una “espiritualización” del culto. Sin embargo, en la actualidad se comprende mejor que Pablo ve en la Cruz de Cristo la clave que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto”.
 
Comentando tres textos de la Carta a los Romanos, en los que San Pablo se refiere a esta “nueva visión del culto”, Benedicto XVI explicó que en el capítulo tercero el Apóstol afirma que “Dios constituyó a Cristo Jesús en “sacrificio de propiciación mediante la fe en su Sangre”, indicando así “que el culto antiguo que se llevaba a cabo en el templo de Jerusalén, con los sacrificios de los animales, (...) ha sido sustituido por el culto real: el Amor de Dios encarnado en Cristo y llevado a su plenitud con su muerte en la Cruz. No es una espiritualización de un culto real, sino que el culto real sustituye al culto simbólico y provisional”.
 
El Papa dijo que en el capítulo doce, el Apóstol exhorta a los cristianos “a ofrecer sus cuerpos  como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios: éste es vuestro culto espiritual”.
 
“Existe el peligro de interpretar el verdadero culto -subrayó- en sentido moralístico: ofreciendo nuestra vida hagamos el verdadero culto. De este modo, el culto con los animales sería sustituido por el moralismo: el ser humano mismo haría todo con su esfuerzo moral. Y esta no era la intención de San Pablo”.
 
Benedicto XVI puso de relieve que sólo en la unión con Cristo, “podemos llegar a ser en El y con El “sacrificio vivo”, ofrecer el “culto verdadero”. (...) Jesucristo, en su donación al Padre y a nosotros, no nos sustituye, sino que lleva en sí nuestro ser, nuestras culpas y nuestro deseo; nos representa, nos asume. En la comunión con Cristo, realizada en la fe y en los sacramentos, nos convertimos -a pesar de todas nuestras carencias- en sacrificio vivo: se realiza el “culto verdadero”.
 
La Iglesia, dijo, “reza para que la comunidad que celebra el sacrificio esté realmente unida a Cristo, (...) de modo que lleguemos a ser (...) una ofrenda que agrade a Dios, que es gloria de Dios”.
 
Finalmente, en el capítulo quince de la Carta a los Romanos, “San Pablo interpreta su acción misionera entre los pueblos del mundo para construir la Iglesia universal como acción sacerdotal” y “la meta de su acción misionera es la liturgia cósmica: que los pueblos unidos en Cristo, el mundo, sea como tal gloria de Dios”.
 
El Santo Padre concluyó su catequesis expresando: “La auto-donación de Cristo implica la tendencia a atraer a todos a la comunión de su Cuerpo, a unir el mundo. Solamente en comunión con Cristo el mundo llegará a ser tal y como todos lo deseamos: espejo del Amor Divino. Este dinamismo está siempre presente en la Eucaristía; este dinamismo debe inspirar y formar nuestra vida”.

¯¯¯

 
Dios Padre Misericordioso, que proclamaste solemnemente a Cristo como tu Hijo amado, cuando era bautizado en el Jordán y descendía el Espíritu Santo sobre Él, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, que se conserven siempre dignos de tu complacencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

Marisa y Eduardo

Directores de contenido de www.ElCaminodeJesus.com.ar, sitio inaugurado en Internet el Domingo 11 de enero de 2003, Solemnidad del Bautismo de Jesús

CRISTO EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE S.PABLO 

     

CRISTO EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE SAN PABLO

Padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

 Predicador de la Casa Pontificia

¯¯¯

Predicaciones de Adviento a  la Curia Romana en presencia del Santo Padre Benedicto XVI 


Diciembre de 2008 

  CRISTO EN EL PENSAMIENTO Y EN LA VIDA DE PABLO

 

I - "Lo que podría ser una ganancia, lo he considerado una perdida con motivo de Cristo".


La conversión de San Pablo, modelo de verdadera conversión evangélica.

El Año Paulino es una gracia grande para la Iglesia, pero representa también un peligro: el de quedarse en Pablo, en su personalidad, su doctrina, sin dar el paso sucesivo de él a Cristo. El Santo Padre ha puesto en guardia contra este riesgo en la misma homilía con la que ha abierto el año Paulino, y lo reafirmaba en la audiencia general del 2 de julio: "Y éste es el fin del año Paulino: aprender de San Pablo, aprender la fe, aprender a Cristo".

Ha sucedido muchas veces en el pasado, hasta dar lugar a la tesis absurda según la cual Pablo, no Cristo, sería el verdadero fundador del cristianismo. Jesucristo habría sido para Pablo lo que Sócrates para Platón: un pretexto, un nombre, bajo el cual poner el propio pensamiento.

El apóstol, como antes de él Juan el Bautista, señala hacia uno "más grande que él", del que no se considera digno siquiera de ser apóstol. Esa tesis es la tergiversación más completa y la ofensa más grave que se pueda hacer al apóstol Pablo. Si volviera a la vida, reaccionaría contra esta tesis con la misma vehemencia con la que reaccionó frente a un malentendido análogo de los corintios: "¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?" (1 Cor 1,13).

Otro obstáculo que debemos superar nosotros los creyentes, es el de quedarnos en la doctrina de Pablo sobre Cristo, sin dejarnos contagiar de su amor y de su fuego por Él. Pablo no quiere ser para nosotros sólo un sol de invierno que ilumina pero no calienta. El propósito en cambio de sus cartas es el de llevar a los lectores no sólo al conocimiento, sino también al amor y a la pasión por Cristo.

A este segundo objetivo quisieran contribuir las tres meditaciones del Adviento de este año, a partir de ésta de hoy en la que reflexionaremos sobre la conversión de san Pablo, el acontecimiento que, tras la muerte y resurrección de Cristo, mayormente ha influido en el futuro del cristianismo.

1.La conversión de Pablo vista por dentro

La mejor explicación de la conversión de san Pablo es la que da él mismo cuando habla del bautismo cristiano como ser "bautizados en la muerte de Cristo", "sepultados junto con Él" para resucitar con Él y "caminar en una vida nueva" (cf. Romanos 6, 3-4). Él ha vivido en sí mismo el misterio pascual de Cristo, en torno al cual gravitará a continuación todo su pensamiento. Hay también analogías externas impresionantes. Jesús permaneció tres días en el sepulcro; durante tres días, Saulo vivió como un muerto: no podía ver, estar de pie, comer, después en el momento del bautismo sus ojos volvieron a abrirse, pudo comer y retomó las fuerzas, volvió a la vida (cf. Hechos 9,18).

Inmediatamente después de su Bautismo, Jesús se retiró al desierto y también Pablo, después de ser bautizado por Ananías, se retiró al desierto de Arabia, es decir, al desierto alrededor de Damasco. Los exegetas calculan que entre el acontecimiento en el camino de Damasco y el inicio de su actividad pública en la Iglesia hay una decena de años de silencio en la vida de Pablo. Los judíos lo buscaban para matarlo, los cristianos no se fiaban aún y le tenían miedo. Su conversión recuerda a la del cardenal Newman, a quien sus antiguos hermanos en la fe anglicanos consideraban un tránsfuga, y a quien los católicos miraban con sospecha por sus ideas nuevas y audaces.

El apóstol hizo un noviciado largo; su conversión no duró unos pocos minutos. Y en su kenosis, en este tiempo de vaciamiento y de silencio, es donde acumuló esa energía rompedora y esa luz que un día derramará sobre el mundo.

De la conversión de Pablo tenemos dos descripciones distintas: una que describe el acontecimiento, por así decirlo, desde fuera, en clave histórica, y otra que describe el acontecimiento desde dentro, en clave psicológica o autobiográfica. El primer tipo es el que encontramos en las diversas narraciones que se leen en los Hechos de los Apóstoles. A él pertenecen también algunos esbozos que el propio Pablo hace del acontecimiento, explicando cómo de perseguidor se transformó en apóstol de Cristo (cf. Gal 1, 13-24).

Al segundo tipo pertenece el capítulo 3 de la Carta a los Filipenses, donde el Apóstol describe lo que ha significado para él, subjetivamente, el encuentro con Cristo, lo que era antes y lo que ha llegado a ser a continuación; en otras palabras, en qué ha consistido, esencial y religiosamente, el cambio realizado en su vida. Nosotros nos concentramos en este texto que, por analogía con la obra de san Agustín, podríamos definir "las confesiones de san Pablo".

En todo cambio hay un punto de partida y un punto de llegada. El apóstol describe ante todo el punto de partida, lo que era antes:

"Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo. Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia del la Ley, intachable" (Filipenses 3, 4-6).

Uno puede equivocarse fácilmente al leer esta descripción: éstos no eran títulos negativos, sino los máximos títulos de santidad de aquel tiempo. Con ellos se habría podido abrir en seguida el proceso de canonización de Pablo, su hubiera existido en aquella época. Es como decir hoy de uno: bautizado el octavo día, perteneciente a la estructura por excelencia de la salvación, la Iglesia católica, miembro de la orden religiosa más austera de la Iglesia (¡esto eran los fariseos!), observantísimo de la Regla....

En cambio, en el texto hay un punto y aparte que divide en dos la página y la vida de Pablo. Comienza con un "pero" adversativo que crea un contraste total:

"Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo" (Filipenses 3, 7-8).

Tres veces repite el nombre de Cristo en este breve texto. El encuentro con Él ha dividido su vida en dos, ha creado un antes y un después. Un encuentro personalísimo (es el único texto donde el apóstol usa el singular "mio", no "nuestro" Señor) y un encuentro existencial más que mental. Nadie podrá nunca conocer a fondo qué sucedió en aquel breve diálogo: "¡Saulo, Saulo!" "¿Quién eres, Señor?" "Yo soy Jesús". Una "revelación", la define él (Gálatas 1, 15-16). Fue una especie de fusión a fuego, un relámpago de luz que aún hoy, habiendo pasado dos mil años, ilumina al mundo.

Un cambio de mente

Intentemos analizar el contenido del acontecimiento. Fue sobre todo un cambio de mente, de pensamiento, literalmente una metanoia. Pablo había creído hasta entonces poderse salvar y ser justo ante Dios mediante la observancia escrupulosa de la ley y de las tradiciones de sus padres. Ahora entiende que la salvación se obtiene de otro modo. Quiero ser hallado, dice, "no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe" (Fl 3, 8-9). Jesús le hizo experimentar en sí mismo lo que un día proclamaría a toda la Iglesia: la justificación por gracia mediante la fe (cf. Gal 2,15-16; Rom 3, 21 ss.).

Leyendo el capítulo tercero de la Carta a los Filipenses, me viene a la mente una imagen: un hombre camina de noche en un bosque cerrado a la pequeña luz de una vela, poniendo atención a que no se apague; caminando, llega el alba, surge el sol, la pequeña luz de la vela palidece, hasta que no le sirve más y la tira. La lucecita vacilante era su propia justicia. Un día, en la vida de Pablo, salió el sol de la justicia, Cristo el Señor, y desde aquel momento no ha querido otra luz que la suya.

No se trata de un punto más, sino del corazón del mensaje cristiano; él lo definirá como "su evangelio", hasta el punto de declarar anatema a quien se atreviera a predicar un evangelio distinto, aunque fuese un ángel o él mismo (cf. Gal 1, 8-9). ¿Por qué tanta insistencia? Porque en ello consiste la novedad cristiana, lo que la distingue te cualquier otra religión o filosofía religiosa. Toda propuesta religiosa comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para salvarse o para obtener la "Iluminación". El cristianismo no empieza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer, sino lo que Dios ha hecho por ellos en Cristo Jesús. El cristianismo es la religión de la la gracia.

Hay lugar -y cuánto- para los deberes y para la observancia de los mandamientos, pero después, como respuesta a la gracia, no como su causa o u precio. Uno no se salva por sus buenas obras, aunque no se salvará sin sus buenas obras. Es una revolución de la cual, a distancia de dos mil años, aún nos cuesta tomar conciencia. Las polémicas teológicas sobre la justificación mediante la fe de la Reforma en adelante lo han obstaculizado a menudo más que favorecido, al mantener el problema a nivel teórico, de tesis de escuelas contrapuestas, en lugar de ayudar a los creyentes a hacer experiencia de ello en sus vidas.

"Convertíos y creed en el Evangelio"

Pero debemos plantearnos una pregunta crucial: ¿quién es el inventor de este mensaje? Si hubiera sido el apóstol Pablo, entonces tendrían razón quienes decían que él, y no Jesús, es el fundador del cristianismo. Pero el inventor no es él; él no hace otra cosa que expresar en términos elaborados y universales un mensaje que Jesús expresaba con su típico lenguaje, hecho de imágenes y de parábolas.

Jesús comenzó su predicación diciendo: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). Con estas palabras enseñaba ya la justificación por la fe. Antes de Él, convertirse significaba siempre "volver atrás" (como indica el mismo término hebreo shub); significaba volver a la alianza violada, mediante una observancia renovada de la ley. "Convertíos a mí [...], volved de vuestro camino perverso", decía Dios en los profetas (Zc 1, 3-4; Jr 8, 4-5).

Convertirse, por tanto, tiene un significado principalmente ascético, moral y penitencial, y se realiza cambiando de conducta de vida. La conversión se ve como condición para la salvación; el sentido es: convertíos y seréis salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros. Este es el significado predominante que la palabra conversión tiene en los mismos labios de Juan el Bautista (cf. Lc 3, 4-6). Pero en la boca de Jesús, este significado moral pasa a segundo plano, respecto a un significado nuevo, hasta entonces desconocido. También en ello se manifiesta el salto de época que se verifica entre la predicación de Juan el Bautista y al de Jesús

Convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino dar un salto adelante, entrar en la nueva alianza, aferrar este Reino que ha aparecido, entrar en él a través de la fe. "Convertíos y creed" no significa dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción: convertíos, es decir, creed; ¡convertíos creyendo! "Prima conversio fit per fidem", dirá santo Tomás de Aquino, la primera conversión consiste en creer.

Dios ha tomado en Él la iniciativa de la salvación: ha hecho venir su Reino; el hombre debe sólo acoger, en la fe, la oferta de Dios y vivir, a continuación, sus exigencias. Es como un rey que abre la puerta de su palacio, donde hay preparado un gran banquete y, estando en el umb ral, uinvita a todos a entrar diciendo: "¡Venid, todo está preparado!". Es el aspecto que resuena en todas las llamadas parábolas del Reino: la hora tan esperada ha llegado, tomad la decisión que salva, ¡no dejéis escapar la ocasión!

El Apóstol dice lo mismo con la doctrina de la justificación por la fe. La única diferencia se debe a lo que ha sucedido, en ese tiempo, entre la predicación de Jesús y la de Pablo: Cristo fue rechazado y muerto por los pecados de los hombres. La fe "en el Evangelio" ("Creed en el Evangelio"), ahora se configura como fe "en Jesucristo", "en su Sangre" (Rm 3, 25).

Lo que el Apóstol expresa mediante el adverbio "gratuitamente" (dorean) o "por gracia", Jesús lo decía con imágenes del recibir el reino como un niño, es decir como un don, sin hacer méritos, apoyándose solo en el Amor de Dios, como los niños se apoyan en el amor de sus padres.

Se discute desde hace tiempo entre los exegetas si se debe seguir hablando de la conversión de san Pablo; algunos prefieren hablar de "llamada" más que de conversión. Hay quien quisiera que se aboliera incluso la fiesta de la conversión de san Pablo, desde el momento en que conversión indica un alejamiento y un renegar de algo, mientras que un hebreo que se convierte, a diferencia del pagano, no debe renegar de nada, no debe de pasar de los ídolos al culto del Dios verdadero.

A mí me parece que estamos ante un falso problema. En primer lugar no hay oposición entre conversión y llamada: la llamada supone la conversión, no la sustituye, como la gracia no sustituye a la libertad. Pero sobre todo hemos visto que la conversión evangélica o significa renegar de algo, un volver atrás, sino un acoger algo nuevo, dar un salto adelante. ¿A quién hablaba Jesús cuando decía "Convertíos y creed en el Evangelio?" ¿Acaso no hablaba a los hebreos? A esta misma conversión se refiere el Apóstol con las palabras: "Cuando se dé la conversión al Señor, ese velo será quitado" (2Cor 3,16).

La conversión de Pablo se nos presenta, en esta luz, como el modelo mismo de la verdadera conversión cristiana, que consiste ante todo en aceptar a Cristo, en "volverse" a Él mediante la fe. Ésta supone un encontrar antes que un dejar. Jesús no dice: un hombre vendió todo lo que tenía y se puso a buscar un tesoro escondido; dice: "Un hombre encontró un tesoro y por eso lo vendió todo."

Una experiencia vivida

En el documento de acuerdo entre la Iglesia católica y la Federación mundial de las Iglesias luteranas, presentado solemnemente en la Basílica de San Pedro por Juan Pablo II y el arzobispo de Uppsala en 1999, hay una recomendación final que me parece de una importancia vital. Dice sustancialmente esto: ha llegado el momento de hacer de esta gran verdad una experiencia vivida por los creyentes, y no más un objeto de disputas teológicas entre sabios, como ha sucedido en el pasado.

La celebración del año paulino nos ofrece una ocasión propicia para hacer esta experiencia. Ella puede dar un espaldarazo a nuestra vida espiritual, un descanso y una libertad nuevas. Charles Péguy contaba, en tercera persona, la historia del mayor acto de fe de su vida. Un hombre, dice (y se sabe que este hombre era él mismo) tenía tres hijos y un mal día cayeron enfermos, los tres juntos. Entonces había hecho un acto de audacia. Al pensar en ello se admiraba también un poco y hay que decir que había sido verdaderamente un acto arriesgado. Como se cogen tres niños del suelo y se ponen juntos, casi jugando, en los brazos de su madre o de su niñera que se ríe y grita, diciendo que son demasiados y no tendrá fuerzas para llevarlos, así él, audaz como un hombre, había cogido -se entiende, con la oración- a sus tres niños enfermos y tranquilamente los había puesto en los brazos de Aquella que lleva todos los dolores del mundo: "Mira -decía- te los doy, me giro y me voy para que no me los devuelvas. Ya no los quiero, fíjate bien. Debes encargarte tú de ellos". (Sin metáforas, había ido de peregrinación a pie desde París a Chartres para confiar a la Virgen a sus tres niños enfermos). Desde aquel día todo fue bien, porque era la Santa Virgen la que se ocupaba de ellos. Es curioso que no todos los cristianos hagan esto. Es muy simple, pero nunca se piensa en lo simple.

La historia nos sirve en este momento para ilustrar la idea de un acto de audacia, porque se trata de algo parecido. La clave de todo, se decía, es la fe. Pero hay diversos tipos de fe: está la fe-asentimiento del intelecto, la fe-confianza, la fe-estabilidad, como la llama Isaías (7, 9): ¿de qué fe se trata, cuando se habla de la justificación "mediante la fe"? Se trata de una fe totalmente esecial: la fe-apropiación.

Escuchemos, sobre este punto, a San Bernardo: "Yo -dice, lo que no puedo obtener por mí mismo, me lo apropio (¡usurpo!) con confianza del Costado atravesado del Señor, porque está lleno de Misericordia. Mi mérito, por eso, es la Misericordia de Dios. No me faltan méritos, mientras Él sea rico en Misericordia. Que si las Misericordias del Señor son muchas (Sal 119, 156), yo también abundaré en méritos. ¿Y que decir de mi justicia? Oh, Señor, recordaré solamente tu justicia. De hecho ella es también mía, porque Tú eres para mí justicia de parte de Dios". Está escrito también que "Cristo Jesús... se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención (l Cor l, 30). ¡Para nosotros, no para Sí mismo!"

San Cirilo de Jerusalén expresaba, con otras palabras, la misma idea del acto de audacia de la fe: "¡Oh bondad extraordinaria de Dios hacia los hombres! Los justos del Antiguo Testamento agradaron a Dios en las fatigas de largos años; pero lo que ellos llegaron a obtener, tras un largo y heroico servicio agradable a Dios, Jesús te lo da en el breve espacio de una hora. De hecho, si tu crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás y serás introducido en el paraíso por el mismo que introdujo al buen ladrón".

Imagina, escribe el Cabasilas desarrollando una imagen de San Juan Crisóstomo, que haya tenido lugar en el estadio una lucha épica. Un valiente ha afrontado a un cruel tirano y, con gran fatiga y sufrimiento, lo ha vencido. Tu no has combatido, no te has agotado ni sufrido heridas. Pero si admiras al valiente, si te alegras con él en su victoria, si le tejes coronas, provocas y agitas por él a la asamblea, si te inclinas con alegría ante el triunfador, le besas la cabeza y le das la mano, en resumen, si tanto lo aclamas que consideras tuya su victoria, yo te digo que tendrás ciertamente parte en el premio del vencedor.

Pero hay más: supón que el vencedor no tenga necesidad alguna para sí mismo de premio que ha conquistado, sino que desea, más que ninguna cosa, ver honrado a su autor, y considera como premio de su combate la coronación del amigo, en tal caso, ¿ese hombre no obtendrá la corona, aunque no se haya agotado ni haya sido herido? ¡Ciertamente la obtendrá! Y bien, así sucede entre Cristo y nosotros. Aún no habiendo trabajado y luchado -aun no teniendo mérito alguno-, con todo, por medio de la fe nosotros aclamamos a la lucha de Cristo, admiramos su victoria, honramos su trofeo que es la cruz, y mostramos por el valiente un amor vehemente e inefable; hacemos nuestras sus heridas y su muerte. Y así se obtiene la salvación.

La liturgia de Navidad nos hablará del "santo intercambio", del sacrum commercium entre nosotros y Dios realizado en Cristo. La ley de todo intercambio se expresa en la fórmula: lo que es mío es tuyo y lo que es tuyo es mío. De ahí deriva que lo que es mío, es decir el pecado, la debilidad, pasa a ser de Cristo; y lo que es de Cristo, es decir la santidad, pasa a ser mío. Ya que nosotros pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos (cf.1 Cor 6, 19-20), se sigue, escribe el Cabasilas, que a la inversa, la santidad de Cristo nos pertenece más que nuestra propia santidad. Y esto es remontar en la vida espiritual. Su descubrimiento no se hace, habitualmente, al principio, sino al final del propio itinerario espiritual, cuando se han experimentado los demás caminos y se ha visto que no llevan muy lejos.

En la Iglesia católica tenemos un medio privilegiado para tener experiencia concreta y cotidiana de este sagrado intercambio y de la justificación por la gracia, mediante la fe;: los sacramentos. Cada vez que yo me acerco al Sacramento de la Reconciliación tengo experiencia de ser justificado por gracia, ex opere operato, como decimos en teología. Subo al templo, digo a Dios: "Oh Dios, ten misericordia de mí que soy un pecador" y, como el publicano, vuelvo a casa "justificado" (Lc 18,14), perdonado, con el alma resplandeciente, como en el momento en que salí de la fuente bautismal.

Que San Pablo, en este año dedicado a él, nos obtenga la gracia de hacer como debe ser este acto de audacia de la fe.


II - "Llamados por Dios a la comunión con su Hijo Jesucristo"

Para permanecer fieles al método de la ‘lectio divina', tan recomendada por el reciente Sínodo de los obispos, escuchemos las palabras de San Pablo sobre las que reflexionaremos en esta meditación: 

"Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a Él, el poder de su Resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús" (Filipenses 3, 7-12).

1."Para que pueda conocerlo a Él..."

Anteriormente hemos meditado sobre la conversión de Pablo como una metanoia, un cambio de mente, en el modo de concebir la salvación. Pablo sin embargo no se convirtió a una doctrina, aunque fuera una doctrina de justificación mediante la fe; ¡Se convirtió a una Persona! Antes que un cambio de pensamiento, el suyo fue un cambio de corazón, el encuentro con una Persona viva. Se usa a menudo la expresión "flechazo" para denominar un amor a primera vista que elimina todo obstáculo; en ningún caso esta metáfora es tan apropiada como en San Pablo.

Veamos cómo este cambio de corazón asoma en el texto apenas escuchado. Habla del "bien supremo" (hyperechon) de conocer a Cristo y se sabe que, en este caso, como en toda la Biblia, conocer no indica un descubrimiento sólo intelectual, un hacerse una idea de algo, sino un lazo vital íntimo, un entrar en relación con el objeto conocido. Lo mismo vale en el caso de la expresión "...para conocerle a Él, el poder de su Resurrección y la participación en sus padecimientos". "Conocer la participación en sus sufrimientos" no significa, evidentemente, tener una idea de los mismos, sino experimentarlos.

Por casualidad leí este pasaje en un momento especial de mi vida en el que me encontraba también yo ante una elección. Me había ocupado de Cristología, había escrito y leído mucho sobre este argumento, pero cuando leí "para conocerle a Él", comprendí de golpe que aquel simple pronombre personal "Él" (autòn) contenía más verdades sobre Jesucristo que todos los libros escritos o leídos sobre Él. Comprendí que, para el apóstol, Cristo no era un conjunto de doctrinas, de herejías, de dogmas: era una Persona viva, presente y realísima que se podía designar con un simple pronombre, como se hace, cuando se habla de alguien que está presente, señalándolo con el dedo.

El efecto del enamoramiento es doble. Por una parte, pone en obra una drástica reducción del interés en uno, una concentración sobre la persona amada que hace pasar a un segundo plano todo el resto del mundo; por otra, hace capaces de sufrir cualquier cosa por la persona amada, aceptar la pérdida de todo. Vemos ambos efectos realizados a la perfección en el momento en el que el Apóstol descubre a Cristo: por Él, dice, "perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo".

Ha aceptado la pérdida de sus privilegios de "judío entre los judíos", la estima y la amistad de sus maestros y connacionales, el odio y la conmiseración de quienes no comprendían cómo un hombre como él hubiera podido dejarse seducir por una secta de fanáticos sin arte ni parte. La segunda Carta a los Corintios incluye la enumeración impresionante de todo lo sufrido por Cristo (cf. 2 Cor 11, 24-28).

El Apóstol encontró él mismo la única palabra que encierra todo: "conquistado por Cristo". Se podría traducir también ‘aferrado', ‘fascinado', o con una expresión de Jeremías, "seducido" por Cristo. Los enamorados no se cortan; lo han hecho tantos místicos en el colmo de su ardor. No tengo dificultad, por tanto, para imaginar a un Pablo que, en un ímpetu de alegría, tras su conversión, grita él solo a los árboles o, a la orilla del mar, lo que más tarde escribirá a los filipenses: "¡He sido conquistado por Cristo! ¡He sido conquistado por Cristo!".

Conocemos bien las frases lapidarias y llenas de significado del Apóstol que a cada uno le gustaría poder repetir en la propia vida: "Para mí vivir es Cristo" (Fil 1,21), y "No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20).

2."En Cristo" . "Con Cristo"

Ahora, siendo fiel a lo anunciado en el programa de estas predicaciones, querría destacar lo que, sobre este punto, el pensamiento de Pablo puede significar, primero para la teología de hoy y luego para la vida espiritual de los creyentes. 

La experiencia personal llevó a Pablo a una visión global de la vida cristiana que él denomina "en Cristo" (en Christō). La fórmula se repite 83 veces en el corpus paulino, sin contar la expresión afín "con Cristo" (syn Christō) y las expresiones pronominales equivalentes "en Él" o "en Aquel que".

Es casi imposible traducir con palabras el rico contenido de estas frases. La preposición "en" tiene un significado unas veces local, otras temporal (en el momento en el que Cristo muere y resucita), otras instrumental (por medio de Cristo). Describe la atmósfera espiritual en la que el cristiano vive y actúa. Pablo aplica a Cristo lo que, en el discurso al Areópago de Atenas, dice de Dios, citando a un autor pagano: "En Él vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 28). Más tarde, el evangelista Juan expresará la misma visión con la imagen del "permanecer en Cristo" (Juan 15, 4-7). 

A estas expresiones recurren aquellos que hablan de mística paulina. Frases como "Dios ha reconciliado en Sí el mundo en Cristo" (2 Cor 5,19) son totalizadoras, no dejan fuera de Cristo nada ni a nadie. Decir que los creyentes están "llamados a ser santos" (Romanos 1,7) equivale para el Apóstol a decir que están "llamados por Dios a la comunión con su Hijo Jesucristo" (1 Cor 1,9).

Justamente, también en el mundo protestante, hoy se empieza a considerar la visión sintetizada, en la expresión "en Cristo" o "en el Espíritu", como más central y representativa del pensamiento de Pablo que la misma doctrina de la justificación mediante la fe.

El año paulino podría revelarse la ocasión providencial para cerrar todo un periodo de discusiones y enfrentamientos ligados más al pasado que al presente, y abrir un nuevo capítulo en el uso del pensamiento del Apóstol. Volver a usar sus cartas, y en primer lugar la Carta a los Romanos, para el fin para el que fueron escritas que no era, ciertamente, el de proporcionar a las generaciones futuras una palestra en la que ejercitar su agudeza teológica, sino el de edificar la fe de la comunidad, formada en su mayoría por gente sencilla e iletrada. "Ansío veros --les dice a los romanos--, a fin de comunicaros algún don espiritual que os fortalezca, o más bien, para sentir entre vosotros el mutuo consuelo de la común fe: la vuestra y la mía" (Rom 1, 11-12).

3.Más allá de la Reforma y la Contrarreforma

Es tiempo, creo, de ir más allá de la Reforma y más allá de la Contrarreforma. Lo que está en juego, a principios del tercer milenio, no es ya lo mismo del inicio del segundo milenio, cuando se produjo la separación entre oriente y occidente, y ni siquiera de la mitad del milenio, cuando se produjo, dentro de la cristiandad occidental, la separación entre católicos y protestantes.

Por dar un solo ejemplo, el problema no es ya el de Lutero de cómo liberar al hombre del sentimiento de culpa que lo oprime, sino cómo devolver al hombre el verdadero sentido del pecado que ha perdido totalmente. ¿Qué sentido tiene seguir discutiendo sobre "cómo se da la justificación del impío", cuando el hombre está convencido de que no necesita ninguna justificación y declara con orgullo: "Yo mismo hoy me acuso y sólo yo puedo absolverme, yo el hombre?" [1].

Yo creo que todas las discusiones de siglos entre católicos y protestantes, en torno a la fe y a las obras, han acabado por hacernos perder de vista el punto principal del mensaje paulino, desplazando a menudo la atención de Cristo a las doctrinas sobre Cristo, en práctica, de Cristo a los hombres. Lo que al Apóstol urge sobre todo a afirmar en Romanos 3 no es que estamos justificados por la fe, sino que estamos justificados por la fe en Cristo; no es tanto que estamos justificados por la gracia, cuanto que estamos justificados por la gracia de Cristo. El acento es sobre Cristo, más todavía que sobre la fe y sobre la gracia.

Tras haber presentado en los capítulos precedentes de la Carta a la humanidad en su universal estado de pecado y perdición, el Apóstol tiene el increíble valor de proclamar que esta situación ahora ha cambiado radicalmente "en virtud de la redención realizada por Cristo", "por la obediencia de un solo hombre" (Rom 3, 24; 5, 19). La afirmación de que esta salvación se recibe por fe, y no por las obras, es importantísima, pero viene en segundo lugar, no en primero. Se ha cometido el error de reducir a un problema de escuelas, dentro del cristianismo, lo que era para el Apóstol una afirmación de alcance más amplio, cósmico, universal.

Este mensaje del Apóstol sobre la centralidad de Cristo es de gran actualidad. Muchos factores llevan en efecto a poner entre paréntesis hoy su Persona. Cristo no se cuestiona hoy en ninguno de los tres diálogos más vivaces en curso entre la Iglesia y el mundo. Ni en el diálogo entre fe y filosofía, porque la filosofía se ocupa de conceptos metafísicos, no de realidades históricas como la persona de Jesús de Nazaret; ni en el diálogo con la ciencia, con la cual se puede únicamente discutir de la existencia o no de un Dios creador, de un proyecto por debajo de la evolución; ni, en fin, en el diálogo interreligioso, que se ocupa de aquello que las religiones pueden hacer juntas, en el nombre de Dios, por el bien de la humanidad.

Pocos, incluso entre los creyentes, cuando se les pregunta en qué creen, responderían: creo que Cristo murió por mis pecados y resucitó para mi justificación. La mayoría respondería: creo en la existencia de Dios, en una vida después de la muerte. Y sin embargo para Pablo, como para todo el Nuevo Testamento, la fe que salva es sólo aquella en la Muerte y Resurrección de Cristo: "Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Rom 10, 9).

El mes pasado, tuvo lugar aquí en el Vaticano, en la Casina Pío IV, un simposio promovido por la Academia Pontificia de las Ciencias, con el título "Puntos de vista científicos en torno a la evolución del universo y de la vida", en el que participaron los máximos científicos de todo el mundo. Quise entrevistar, para el programa que dirijo cada sábado por la tarde en TV sobre el evangelio, a uno de los participantes, el profesor Francis Collins, director del grupo de investigación que llevó en el año 2000 al completo desciframiento del genoma humano. Sabiendo que era creyente, le hice, entre otras, la pregunta: "¿Usted creyó primero en Dios o en Jesucristo?".

Respondió: "Hasta cuando tenía más o menos 25 años era ateo, no tenía una preparación religiosa, era un científico que reducía casi todo a ecuaciones y leyes de física. Pero, como médico, empecé a ver a la gente que debía afrontar el problema de la vida y de la muerte, y esto me hizo pensar que mi ateísmo no era una idea arraigada. Empecé a leer textos sobre las argumentaciones racionales de la fe, que no conocía. Primero, llegué a la convicción de que el ateísmo era una alternativa menos aceptable. Poco a poco, llegué a la conclusión de que debe existir un Dios que ha creado todo esto pero no sabía cómo era este Dios".

Es instructivo leer, en su libro "El lenguaje de Dios", cómo superó este impasse: "Me resultaba difícil echar un puente hacia este Dios. Cuanto más aprendía a conocerlo, más su pureza y santidad me parecían inaccesibles. En esta amarga conciencia, llegó la persona de Jesucristo. Había pasado más de un año desde que decidí creer en alguna especie de Dios, y ahora había llegado la rendición de cuentas. En una hermosa mañana de otoño, mientras por primera vez, paseando por las montañas, me dirigía al oeste del Mississippi, la majestad y la belleza de la creación vencieron mi resistencia. Comprendí que la búsqueda había llegado a su fin. A la mañana siguiente, a la salida del sol, me arrodillé sobre la hierba húmeda y me rendí a Jesucristo" [2].

Uno piensa en la palabra de Cristo: "Nadie va al Padre si no es por medio de Mí". Sólo en Él, Dios se hace accesible y creíble. Gracias a esta fe reencontrada, el momento del descubrimiento del genoma humano fue, al mismo tiempo, dice él, una experiencia de exaltación científica y de adoración religiosa.

La conversión de este científico demuestra que el evento de Damasco se renueva en la historia; Cristo es el mismo hoy y entonces. No es fácil para un científico, especialmente para un biólogo, declararse hoy públicamente creyente, como no lo fue para Saulo: se corre el riesgo de ser inmediatamente "expulsados de la sinagoga". Y, de hecho, es lo que sucedió al profesor Collins, que por su profesión de fe tuvo que sufrir los dardos de muchos laicistas.

4.De la presencia de Dios a la presencia de Cristo

Me queda por decir algo sobre otro punto: qué tiene que decir el ejemplo de Pablo para la vida espiritual de los creyentes. Uno de los temas más tratados en la espiritualidad católica es el del pensamiento de la presencia de Dios [3]. Son incontables los tratados sobre este argumento desde el siglo XVI hasta hoy. En uno de ellos se lee: "El buen cristiano debe habituarse a este santo ejercicio en todo tiempo y en todo lugar. Al despertar, dirija enseguida la mirada del alma a Dios, hable y converse con Él como su amado Padre. Cuando camina por las calles, tenga los ojos del cuerpo bajos y modestos, elevando los del alma a Dios" [4].

Se distingue "el pensamiento de la presencia de Dios" del "sentimiento de su presencia": el primero depende de nosotros, el segundo es en cambio don de gracia que depende de nosotros. (Para san Gregorio Niceno "el sentimiento de la presencia" de Dios, la ‘aisthesis parousia', es casi sinónimo de experiencia mística)

Es una visión rígidamente teocéntrica que, en algunos autores, llega incluso al consejo de "dejar a un lado la Santa Humanidad de Cristo". Santa Teresa de Jesús reaccionará enérgicamente contra esta idea que reaparece periódicamente, desde Orígenes en adelante, en el cristianismo tanto oriental como occidental. Pero la espiritualidad de la Presencia de Dios, también después de Santa Teresa, seguirá siendo rígidamente teocéntrica, con todos los problemas y las aporías que derivan de ella, puestas de relieve por los mismos autores que tratan de ellas [5].

En este sentido, el pensamiento de san Pablo nos puede ayudar a superar la dificultad que ha llevado al declive de la espiritualidad de la Presencia de Dios. Él habla siempre de una Presencia de Dios "en Cristo". Una presencia irreversible e insuperable. No hay un estadio de la vida espiritual en el que se pueda prescindir de Cristo, o ir "más allá de Cristo". La vida cristiana es una "vida oculta con Cristo en Dios." (Colosenses 3,3). Este cristocentrismo paulino no atenúa el horizonte trinitario de la fe sino que lo exalta, porque para Pablo todo el movimiento parte del Padre y vuelve al Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. La expresión "en Cristo" es intercambiable, en sus escritos, con la expresión "en el Espíritu".

La necesidad de superar la Humanidad de Cristo, para acceder directamente al Logos eterno y a la divinidad, nacía de una escasa consideración de la Resurrección de Cristo. Ésta era vista en su significado apologético, como prueba de la divinidad de Jesús, y no suficientemente en su significado mistérico, como inicio de su vida "según el Espíritu", gracias a la cual la Humanidad de Cristo aparece ya en su condición espiritual y, por tanto, omnipresente y actual.

¿Qué se deriva de esto a nivel práctico? Que podemos hacer todo "en Cristo" y "con Cristo", ya sea que comamos, que durmamos, que hagamos cualquier otra cosa, dice el Apóstol (1 Corintios 10, 31). Cristo Resucitado no está presente sólo porque pensemos en Él sino que está realmente junto a nosotros; no somos nosotros quienes debemos, con el pensamiento y la imaginación, trasladarnos a su vida terrena y representarnos los episodios de su vida (como se trata de hacer con la meditación de los "misterios de la vida de Cristo"); es Él, el Resucitado, el que viene hacia nosotros. No somos nosotros quienes, con la imaginación, tenemos que hacernos contemporáneos de Cristo; es Cristo el que se hace realmente nuestro contemporáneo. "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". (A propósito, ¿por qué no hacer inmediatamente un acto de fe? Él está aquí, en esta capilla, más presente que cualquiera de nosotros; busca la mirada de nuestro corazón y se alegra cuando la encuentra).

Un texto que refleja maravillosamente esta visión de la vida cristiana es la oración atribuida a san Patricio: "¡Cristo conmigo, Cristo ante mí, Cristo tras de mí, Cristo en mí! Cristo debajo de mí, Cristo sobre mí, Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda!" [6].

¡Qué nuevo y más alto significado cobran las palabras de San Luis María Griñón de Montfort, si aplicamos al "Espíritu de Cristo" lo que él dice del "Espíritu de María":

"Debemos abandonarnos al Espíritu de Cristo para ser movidos y guiados según su querer. Debemos ponernos y permanecer entre sus manos como un instrumento en las manos de un obrero, como un laúd entre las manos de un hábil instrumentista. Debemos perdernos y abandonarnos en Él como piedra que se lanza al mar. Es posible hacer todo esto simplemente y en un instante, con una sola ojeada interior o un leve movimiento de la voluntad, o incluso con alguna breve palabra" [7].

5.Olvido del pasado

Concluyamos volviendo al texto de Filipenses 3. San Pablo acaba sus "confesiones" con una declaración:

"Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús" (Filipenses 3, 13-14).

"Olvido lo que dejé atrás". ¿Qué pasado? ¿El de fariseo del que habló antes? ¡No, el pasado de apóstol en la Iglesia! Ahora la ganancia a considerar pérdida es otra: es justo el haber ya de una vez considerado todo pérdida por Cristo. Era natural pensar: "¡Que valor tiene Pablo: abandonar una carrera de rabino tan bien iniciada por una oscura secta de galileos! ¡Y qué cartas escribió! ¡Cuántos viajes emprendió, cuántas iglesias fundó!".

El Apóstol intuye el peligro mortal de introducir entre sí y Cristo una "justicia propia", derivada de las obras --esta vez, las obras realizadas por causa de Cristo--, y reacciona enérgicamente. "No considero --dice-- haber llegado a la perfección". San Francisco de Asís, hacia el final de su vida, cortaba por lo sano toda tentación de autocomplacencia, diciendo: "Empecemos, hermanos, a servir al Señor, porque hasta ahora hemos hecho poco o nada" [8].

Esta es la conversión más necesaria para quienes ya han seguido a Cristo y han vivido a su servicio en la Iglesia. Una conversión sumamente especial, que no consiste en abandonar el mal, sino, en cierto sentido, ¡en abandonar el bien! Es decir en tomar distancia de todo lo que se ha hecho, repitiéndose a sí mismos, según la sugerencia de Cristo: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer" (Lucas 17,10).

Este vaciarnos las manos y los bolsillos de toda pretensión, en espíritu de pobreza y humildad, es el modo mejor para prepararnos a la Navidad. Nos lo recuerda un simpático cuento navideño que me complace citar de nuevo. Narra que, entre los pastores que corrieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecillo que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos competían en ofrecer sus dones. María no sabía cómo hacer para recibirlos todos, teniendo en los brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, cogió a Jesús y se lo confió. Tener las manos vacías fue su fortuna y, a otro nivel, será también la nuestra.


III - "Cuando llegó la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo nacido de una mujer"

1.Pablo y el dogma de la Encarnación

Pongamos en primer lugar, también esta vez, el pasaje paulino sobre el que vamos a meditar:

"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios" (Gal 4, 4-7).

Escucharemos a menudo este pasaje en el tiempo navideño, comenzando por las Primeras Vísperas de la solemnidad de Navidad. Digamos ante todo algo sobre las implicaciones teológicas de este texto. Es el pasaje que más se acerca, en el corpus paulino, a la idea de preexistencia y de encarnación. La idea de "envío" ("Dios mandó, exapesteilen, a su Hijo") se pone en paralelo con el envío del Espíritu del que se habla dos versículos después y recuerda lo que en el Antiguo Testamento se dice del envío de la Sabiduría y del Santo Espíritu sobre el mundo por parte de Dios (Sab 9, 10.17). Estos acercamientos indican que no se trata de un envío "desde la tierra", como en el caso de los profetas, sino "desde el Cielo".

La idea de la Preexistencia del Cristo está implícita en los textos paulinos en los que se habla de una función de Cristo en la creación del mundo (1 Cor 8,6; Col 1, 15-16) y cuando Pablo dice que la roca que seguía al pueblo en el desierto era Cristo (1 Cor 10,4). La idea de la Encarnación, a su vez, es subyacente en el Himno Cristológico de Filipenses, 2: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de Sí mismo, tomando condición de siervo".

A pesar de esto, hay que admitir que Preexistencia y Encarnación en Pablo son verdades en gestación, que aún no han llegado a su formulación plena. El motivo es que el centro de interés y el punto de partida de todo es para él el misterio pascual, es decir, lo realizado, más que la persona del Salvador. Lo contrario de Juan, para quien el punto de partida y el epicentro de la atención es precisamente la Preexistencia y la Encarnación.

Se trata de dos "vías" o recorridos distintos, en el descubrimiento de quién es Jesucristo: uno, el de Pablo, parte de la humanidad para llegar a la divinidad, de la carne para llegar al Espíritu, de la historia de Cristo, para llegar a la Preexistencia de Cristo; el otro, el de Juan, sigue el camino inverso: parte de la divinidad del Verbo para llegar a su existencia en el tiempo; una pone como bisagra entre las dos fases la Resurrección de Cristo, y la otra ve el paso de un estado al otro en la Encarnación.

Apenas se pasa a la época sucesiva, ambas vías tienden a consolidarse dando lugar a dos modelos o arquetipos y finalmente a dos escuelas cristológicas: la escuela de Antioquía que se refiere preferentemente a Pablo, y la escuela de Alejandría, que se refiere con preferencia a Juan. Ninguno de los seguidores de una u otra vía tiene conciencia de elegir entre Pablo y Juan; ambos están seguros de tenerlos de su parte. Esto es cierto, pero es un hecho que las dos influencias persisten visibles y distinguibles como dos ríos que, aun confluyendo juntos, siguen distinguiéndose por el color distinto de sus aguas respectivas.

Esta diferenciación se refleja por ejemplo en la forma diversa con que se interpreta, en las dos escuelas, la kenosis de Cristo de Filipenses 2. Hasta el siglo II-III se delinean, en este texto, dos lecturas diversas que se vuelven a encontrar también en la exégesis moderna. Según la escuela de Alejandría, el sujeto inicial del himno es el Hijo de Dios preexistente en la forma de Dios. La kenosis por eso, en este caso, consistiría en la Encarnación, en el hacerse hombre. Según la interpretación dominante en la escuela de Antioquía, el sujeto único del himno desde el principio hasta el final es el Cristo histórico, Jesús de Nazaret. En este caso la kenosis consistiría en el abajamiento inherente a su hacerse siervo, en someterse a la pasión y a la muerte.

La diferencia entre ambas escuelas no es tanto que algunos sigan a Pablo y otros a Juan, sino que algunos interpretan a Juan a la luz de Pablo y otros interpretan a Pablo a la luz de Juan. La diferencia está en el esquema, o en la perspectiva de fondo, que se adopta para ilustrar el misterio de Cristo. En la confrontación entre ambas escuelas podemos decir que se han formado las líneas maestras del dogma y de la teología de la Iglesia, que han permanecido activas hasta ahora.

2.Nacido de mujer

El relativo silencio sobre la Encarnación comporta, en Pablo, un silencio casi total sobre María, la Madre del Verbo encarnado. El inciso "nacido de una mujer" (factum sub muliere) de nuestro texto es la alusión más explícita que se tiene de María en el corpus paulino. Esta es el equivalente de la otra expresión: "nacido del linaje de David según la carne", "factum ex semine David secundum carnem" (Rom 1,3).

Aún escueta, sin embargo, esta afirmación de Pablo es importantísima. Esta fue uno de los puntos clave en la lucha contra el docetismo gnóstico, desde el siglo II en adelante. Dice de hecho que Jesús no es una aparición celeste; gracias a su Nacimiento de una mujer, Él está inserto plenamente en la humanidad y en la historia, "del todo semejante a los hombres" (Fl 2, 7). "¿Por qué decimos que Cristo es hombre, escribe Tertuliano, sino porque nació de María, que es una criatura humana?". Pensándolo bien, "nacido de una mujer" es más adecuado para expresar la verdadera humanidad de Cristo que no el título "hijo del hombre". En sentido literal, Jesús no es hijo del hombre, no ha tenido por padre a un hombre, pero sí es realmente "hijo de la mujer".

El texto paulino estará también en el centro del debate sobre el título de Madre de Dios (theotokos) en las disputas cristológicas posteriores, lo que explica por qué la liturgia nos lo hace escuchar en la segunda lectura de la Misa de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, el 1 de enero.

Hay que resaltar un dato. Si Pablo hubiera dicho: "nacido de María", se habría tratado sólo de un detalle biográfico; habiendo dicho "nacido de una mujer", ha dado a su afirmación un carácter universal e inmenso. Es la mujer misma, toda mujer, la que ha sido elevada en María a tan increíble altura. María es aquí la mujer por antonomasia.

3."¿En qué me afecta a mí que Cristo haya nacido de María?"

Estamos meditando el texto paulino ante la inminente Navidad y en el espíritu de la lectio divina. Por ello, no podemos detenernos mucho en el dato exegético, sino que tras haber contemplado la verdad teológica contenida en el texto, debemos extraer de él enseñanzas para nuestra vida espiritual, iluminando el "para mí" de la palabra de Dios.

Una frase de Orígenes, retomada por San Agustín, San Bernardo, Lutero y otros, dice: "¿Qué me aprovecha a mí que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace también por fe en mi alma?". La maternidad divina de María se realiza en dos planos: en un plano físico y en un plano espiritual. María es la Madre de Dios no sólo porque le ha llevado físicamente en el seno, sino también porque le ha concebido antes en el corazón, con la fe. No podemos, naturalmente, imitar a María en el primer sentido, engendrando de nuevo a Cristo, pero podemos imitarla en el segundo sentido, que es el de la fe. Jesús mismo comenzó esta aplicación a la Iglesia del título de "Madre de Cristo", cuando declaró: "Mi Madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21; cf. Mc 3, 31 s; Mt 12, 49).

En la tradición, esta verdad ha conocido dos niveles de aplicación complementarios entre ellos, uno de tipo pastoral y el otro de tipo espiritual. En un caso, se ve realizada esta maternidad de la Iglesia en su conjunto en cuanto "sacramento universal de salvación"; en el otro, se realiza en cada persona o alma que cree.

Un escritor de la Edad Media, el Beato Isaac del monasterio de Stella, hizo una especie de síntesis de todos estos motivos. En una homilía famosa que leímos en la Liturgia de las Horas del pasado sábado, escribe: "María y la Iglesia son una madre y y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas vírgenes... por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón como dicho en singular de la Virgen Madre María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María... también se considera con razón a cada alma fiel como Esposa del Verbo de Dios, Madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda" (Discurso 51).

El Concilio Vaticano II se pone en la primera perspectiva cuando escribe: "La Iglesia... se convierte también en madre, ya que con la predicación y el bautismo genera en una vida nueva e inmortal a sus hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios" (Lumen gentium 64).

Nos concentramos en la aplicación personal a cada alma: "Toda alma que cree, escribe San Ambrosio, concibe y engendra al Verbo de Dios... Si según la carne una sola es la Madre de Cristo, según la fe, todas las almas engendran a Cristo cuando acogen la Palabra de Dios" (Exposición del Evangelio según san Lucas, II, 26). Le hace eco otro padre de oriente: "Cristo nace siempre místicamente en el alma, tomando carne de aquellos que se salvan y haciendo del alma que lo engendra una madre virgen" (Máximo Confesor, Comentario al Padrenuestro).

Cómo uno se convierte concretamente en madre de Jesús, nos lo indica él mismo en el Evangelio: escuchando la Palabra y poniéndola en práctica (cf. Lc 8,21; Mc 3, 31 s.; Mt 12,49). Reconsideremos, para comprenderlo, cómo se convirtió María en Madre: concibiendo a Jesús y pariéndolo. En la Escritura vemos subrayados estos dos momentos: "La Virgen concebirá y dará a luz un hijo", se lee en Isaías, y "Concebirás y darás a luz a un Hijo", dice el ángel a María.

Hay dos maternidades incompletas o dos tipos de interrupción de la maternidad. Una es antigua y conocida, el aborto. Éste sucede cuando se concibe una vida pero no se da a luz, porque en el entretanto, por causas naturales o por el pecado del hombre, el feto está muerto. Hasta hace poco tiempo, este aborto era el único caso que se conocía de maternidad incompleta. Hoy se conoce otro que consiste, al contrario, en parir un hijo sin haberlo concebido. Sucede en el caso de los hijos concebidos en probeta e insertados, en un segundo momento, en el seno de una mujer, y en el caso del útero prestado para hospedar, incluso pagando, vidas humanas concebidas en otro lugar. En este caso, lo que la mujer da a luz no viene de ella, no es concebido "antes en el corazón que en el cuerpo".

Por desgracia, también en el plano espiritual existen estas dos tristes posibilidades de maternidad incompleta. Concibe Jesús sin darlo a luz quien acoge la Palabra sin ponerla en práctica, quien sigue haciendo un aborto espiritual tras otro, formulando propósitos de conversión que son sistemáticamente olvidados y abandonados a mitad camino; quien se comporta ante la Palabra como el observador apresurado que mira su cara en el espejo y después se olvida en seguida de cómo era (cf. St 1, 23-24). En suma, quien tiene fe pero no tiene obras.

Da a luz en cambio a Cristo sin haberlo concebido quien hace tantas obras, incluso buenas, pero que no vienen del corazón, del amor a Dios y de la recta intención, sino de la costumbre, de la hipocresía, de la búsqueda de su propia gloria y de su propio interés, o sencillamente de la satisfacción que da el hacer. En suma, el que tiene obras pero no tiene fe.

San Francisco de Asís tiene una palabra que resume, en positivo, en qué consiste la verdadera maternidad de Cristo: "Somos madres de Cristo cuando lo llevamos en el corazón y en el cuerpo por medio del amor divino y de la pura y sincera conciencia; lo engendramos a través de las obras santas, que deben resplandecer ante los demás como ejemplo... Oh, qué santo y querido, agradable, humilde, pacífico, dulce, amable y deseable sobre toda otra cosa, tener un hermano y un hijo semejante, nuestro Señor Jesucristo" (Carta a los fieles, 1). Nosotros -quiere decir el santo- concebimos a Cristo cuando lo amamos con sincero corazón y con conciencia recta, y lo damos a luz cuando realizamos obras santas que lo manifiestan al mundo.

4.Las dos fiestas del Niño Jesús

San Buenaventura, discípulo e hijo del Pobrecito, recogió y desarrolló este pensamiento en un opúsculo titulado "Las cinco fiestas del Niño Jesús". En la introducción al libro, relata como un día, mientras estaba de retiro en el monte Verna, le vino a la mente lo que dicen los Santos Padres, o sea, que el alma devota de Dios, por gracia del Espíritu Santo y el poder del Altísimo, puede concebir espiritualmente al Verbo bendito y al Hijo Unigénito del Padre, parirlo, ponerle nombre, buscarlo y adorarlo con los Magos y finalmente presentarlo felizmente a Dios Padre en su templo.

De estos cinco momentos, o fiestas del Niño Jesús, que el alma debe revivir, nos interesan sobre todo las dos primeras: la concepción y el nacimiento. Para San Buenaventura, el alma concibe a Jesús cuando, descontenta con la vida que lleva, estimulada por inspiraciones santas e inflamada de ardor santo, cansada de sus viejas costumbres y defectos, es como fecundada espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una vida nueva. ¿Ha tenido lugar la concepción de Cristo!

Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en el corazón, siempre que, tras haber hecho un sano discernimiento, pedido oportuno consejo, invocado la ayuda de Dios, el alma pone inmediatamente por obra su santo propósito, comenzando a realizar lo que desde hacía tiempo estaba madurando, pero que había dejado para más adelante por miedo a lo ser capaz de ello.

Pero es necesario insistir en una cosa: este propósito de vida debe traducirse, sin duda, en algo concreto, en un cambio, posiblemente también externo y visible, de nuestra vida y costumbres. Si el propósito no se pone en práctica, Jesús ha sido concebido pero no dado a luz. Es uno de tantos abortos espirituales. No se celebrará nunca la "segunda fiesta" del Niño Jesús que es la Navidad. Es uno de tantos casos que son una de las razones principales por las que tan pocos llegan a santos.

Si decides cambiar de estilo de vida y entrar a formar parte de esa categoría de pobres y humildes, que como María buscan solo encontrar gracia ante Dios, sin importarle agradar a otros hombres, entonces, escribe san Buenaventura, debes armarte de valor, porque te hará falta. Deberás afrontar dos tipos de tentación. Se te presentarán ante todo los hombres carnales de tu ambiente y te dirán: "Es demasiado duro lo que pretendes, no lo conseguirás, te faltarán las fuerzas, perderás la salud; estas cosas no se adecuan a tu estado, comprometes tu buen nombre y la dignidad de tu cargo"....

Superado este obstáculo, se presentarán otros con fama de ser, o incluso que son de hecho, personas pías y religiosas, pero que no creen verdaderamente en el poder de Dios y de su Espíritu. Estas te dirán que, si empiezas a vivir de esta forma -dando tanto espacio a la oración, evitando tomar parte en distracciones y habladurías inútiles, haciendo obras de caridad-, serás considerado pronto un santo, un hombre devoto y espiritual, y dado que sabes perfectamente que no lo eres, acabarás engañando a la gente y siendo un hipócrita, atrayendo sobre tí la reprobación de Dios que escruta los corazones.

A todas estas tentaciones, es necesario responder con fe: "No es demasiado corta la mano del Señor para salvar" (Is 59, 1) y, casi enfadándonos con nosotros mismos, exclamar, como Agustín en la vigilia de su conversión: "Si estos y estas pueden ¿por que yo no? Si isti et istae, cur non ego? " (Confesiones)

5. María dijo "sí"

El ejemplo de la Madre de Dios nos sugiere qué hacer en concreto para imprimir a nuestra vida espiritual este nuevo empuje, para concebir y dar a luz verdaderamente en nosotros a Jesús esta Navidad. María dijo un "sí" decidido y pleno a Dios. Se insiste mucho en el Fiat de María, en María como "la Virgen del fiat". Pero María no hablaba latín y por eso no dijo fiat, no dijo siquiera genoito, que es la palabra que encontramos, a este punto, en el texto griego de Lucas porque no hablaba griego.

Si es lícito remontarse, con pía reflexión, a la ipsissima vox, a la palabra misma que salió de la boca de María -o al menos a la palabra que estaba en la fuente judía usada por Lucas-, esta debió ser la palabra amén. Amén, palabra hebrea cuya raíz significa solidez, certeza - se usaba en la liturgia como respuesta de fe a la palabra de Dios. Cada vez que, al término de ciertos salmos, en la Vulgata se leía antes fiat, fiat , ahora en la nueva versión de los textos originales se lee: Amén, Amén. Lo mismo para la palabra griega: cada vez que en la Biblia de los Setenta se lee en esos mismos salmos génoito, génoito, el original griego lleva: Amén, amén.

Con el "amén" se reconoce lo que se ha dicho como palabra firme, estable, válida y vinculante. Su traducción exacta, como respuesta a la palabra de Dios, es: "Así sea, así sea". Indica fe y obediencia conjuntamente; reconoce que lo que Dios dice es cierto y se somete a ello. Es decir "sí" a Dios. En este sentido lo encontramos en la misma boca de Jesús: "Si, amén, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito" (cf. Mt 11, 26). Él es el Amén personificado: "Así habla el Amén" (Ap 3, 14) y por medio de él, añade Pablo, todo amén pronunciado en la tierra sube a Dios (cf 2 Cor l, 20).

En casi todas las lenguas humanas la palabra que expresa el consenso es un monosílabo: "sí", "ja", "yes", "oui", "tag"... La palabra más corta del vocabulario, pero aquella con que tanto los novios como los consagrados deciden su vida para siempre. También en el rito de la profesión religiosa y de la ordenación sacerdotal hay un momento en que se pronuncia un "sí".

Hay un detalle en el Amén de María que es importante señalar. En las lenguas modernas usamos el modo indicativo para señalar que algo ha sucedido o sucederá, el modo condicional para indicar algo que podría suceder en ciertas condiciones, etc.; el griego tiene un modo particular que se llama optativo. Es un modo que se usa cuando se quiere expresar deseo o impaciencia de que algo suceda. El verbo usado por Lucas, genoito, está precisamente en este modo.

San Pablo dice que "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 9, 7) y María dijo a Dios su "sí" con alegría. Pidámosle que nos obtenga la gracia de decir a Dios un "sí" alegre y renovado, y así concebir y dar a luz también nosotros en esta Navidad a su Hijo Jesucristo.
 

-------------------

[1] J.-P. Sartre, Il diavolo e il buon dio, X,4 (Parigi, Gallimard 1951, p. 267.).

[2] F. Collins, The Language of God. A Scientist Presents Evidence for Belief, pp. 219-255.

[3] Cf. M. Dupuis, Présence de Dieu, in D Spir. 12, coll. 2107-2136.

[4] F. Arias (+1605), cit. da Dupuis, col. 2111.

[5] Dupuis, cit., col 2121: "Se l'onnipresenza di Dio non si distingue dalla sua essenza, l'esercizio della presenza di Dio non aggiunge al tradizionale tema del ricordo di Dio, se non un sforzo immaginativo".

[6] "Christ with me, Christ before me, Christ behind me, Christ below me, Christ above me, Christ at my right, Christ at my left".

[7] Cf. S. L. Grignon de Montfort, Trattato della vera devozione a Maria, nr. 257.259 (in Oeuvres complètes, Parigi 1966, pp. 660.661).

[8] Celano, Vita prima, 103 (Fonti Francescane, n. 500).

 

© 2003-2010 MariaMediadora™ - All Rights Reserved

Cualquier consulta sírvase dirigirla a : webmaster@elcaminodejesus.com.ar